Aquella mañana apagué el despertador justo un minuto antes de que la alarma hiciera su ritual y rutinario trabajo. Llevaba despierto desde que el día había comenzado a despuntar, pero permanecí en la cama saboreando el momento, dejando que el cosquilleo visceral que sentía se fuese apoderando de mí por completo, haciéndome vibrar como si fuese la primera vez que lo degustaba: estaba eufórico; por fin había llegado el día señalado. No todos las mañanas se levanta uno sabiendo que morirá.

Casi de un salto me puse de pie y me enfundé las zapatillas de andar por casa sin pensar. No recordaba la última vez que me había levantado sin que la rodilla me doliera, ni la espalda acompañara mi movimiento con su habitual crujido; supongo que será cierto eso que dicen que a veces exteriorizamos el dolor emocional, pues saber que aquella mañana de febrero le podría poner fin a todo, parecía haber anestesiado mis centros neurálgicos.

Ochenta y nueve días, ese era el tiempo exacto que llevaba esperando mi cita con la M.A.M.I de mi sector. Ese ridículo apodo fue la nomenclatura que el gobierno central había decido adoptar para la Muerte Asistida por Mecanismos Inteligentes que la mega farmacéutica Metroplex había patentado ocho años atrás. Poca gente pensó que aquel primer modelo de cabinas de suicidio —como al final, coloquialmente, las llamamos todos— acabara alcanzando el éxito del que ahora goza. Esos primeros modelos se hicieron famosos por sus numerosos fallos estructurales que acababan dejando a muchos usuarios en estado vegetativo o neurodegenerativo profundo, por lo que pronto cayeron en desgracia y fueron quedando en un olvido clandestino, solo usadas por los más desesperados. Pero llegó la ley Dobson y con ella cambió todo: Emïl Dobson, el eterno vicecanciller, la mano en la sombra del poder que movía el cuello del líder Rashford, el hombre que decidió implantar una ley estatal por la cual todos los usuarios de las M.A.M.I cedían automáticamente el 60% de sus posesiones al gobierno central. Lo que en un principio pensamos que sería una medida escandalosa, pronto vimos que fue un acierto gubernativo, pues al final, la mayoría de usuarios de las cabinas eran tristes enfermos solitarios sin familia a la que legar sus bienes: el hombre dejaba de sufrir y el estado no sólo se quitaba una futura boca que mantener, si no que sus arcas se llenaban de manera exponencial con cada suicidio asistido. Aquella ley, unida a la segunda generación de cabinas Metroplex —según ellos infalibles— provocó que las máquinas de la farmacéutica pronto se convirtieran en la única forma legal de suicidio en todo el país. Si alguien se quitaba la vida sin usar una de esas máquinas, automáticamente todo cuando tenía pasaba a manos del gobierno en virtud de la ley Dobson, daba igual que tuviera herederos o no. De cualquier manera, el estado ganaba. Fue triste a la par que increíble descubrir cuánta gente deseaba acabar con su vida sin sufrimiento. Nos dimos cuenta de que éramos una sociedad marchita y hastiada, pero el partido se llenaba los bolsillos con ello, así que la prensa miró hacia otro lado mientras las listas de espera para las M.A.M.I no hacían sino crecer.

Nunca pensé que llegaría a ser usuario de las cabinas, pero desde que ella se fue aquel futuro comenzaba a vislumbrarse en mi vida. El dolor, la pérdida del trabajo por la depresión y perder parte de los derechos como ciudadano por no poder contribuir al país, me dio el empujón definitivo para inscribirme en la lista sectorial. Casi tres meses de dura espera, de sumirme en el sufrimiento por no tener ni la capacidad de decidir en qué momento poder abandonar esta vida. Hoy por fin sería libre de toda atadura y aquel fue el único destello de felicidad que tuve en mucho tiempo.

Me duché y me arreglé como cuando ella y yo aún estábamos juntos. No recordaba si quiera lo bien que me quedaba la camisa celeste con aquellos pantalones negros que compramos en Capital Primordial cuando fuimos a celebrar el Día del Partido, hace ya varios años. Me veía bien. No sé cuánto tiempo hacía que no me veía bien. Me di el lujo de desayunar manzana aquella mañana. La fruta natural es realmente cara desde que los campos se expropiaron para construir nuevas mega-viviendas, pero mi último desayuno bien valía el esfuerzo. Disfruté aquella manzana como cuando era niño. Todo estaba listo, solo tenía que llegar puntual a mi cita con la M.A.M.I.

Poder mover la rodilla sin dolor después de tanto tiempo me animó a hacer algo que no realizaba desde hacía casi un año: andar. En realidad ya casi nadie anda, los metrodeslizadores funcionan tan bien que andar es un lujo temporal que muy pocos pueden permitirse en nuestros días, pero dar un paseo hasta la sede Metroplex local aquella mañana fue todo un acierto: el sol dibujaba un magnifico paisaje de luces y sombras colándose entre los escasos huecos que los mastodónticos rascacielos, donde vivíamos confinados, le dejaban. Sudé más de lo que me hubiera gustado, después de todo quería que me encontraran lo más presentable posible cuando los funcionarios de recogida me sacaran de la  cabina, pero aun así disfruté enormemente de ese paseo tranquilo por unas calles que estaban casi desiertas. Me pregunté cómo habíamos llegado a hacer de vivir en las alturas algo cotidiano.  Esbozaba un intento de saludo cordial a las pocas personas que me iba cruzando e increíblemente me devolvían el saludo con una sonrisa. Creo que la última vez que un vecino me saludó y me sonrió fue hace dos años. No sé el nombre de ese vecino. Supongo que él tampoco el mío.

Sin darme cuenta llegué a mi destino. Algo cansado y con la ropa no tan impecable como cuando salí, pero contento, más de lo que lo había estado en meses. Es increíble lo liberador que puede llegar a ser conocer el final del camino. Miré el reloj. Faltaban diez minutos para mi cita, pero era habitual que se formaran pequeñas colas cerca las cabinas, por lo que decidí entrar en el edificio y esperar mi turno. Antes de avanzar al interior algo me hizo girarme para mirar el sol una última vez a modo de despedida. Creo que sin darme cuenta sonreí.

Al entrar me sorprendió ver la sala que albergaba la M.A.M.I extrañamente tranquila. El silencio era la tónica habitual en aquel lugar, pero siempre había usuarios aguardando su turno o funcionarios despejando la cabina. Cuando yo llegué no había nadie esperando. Me dirigí, no con el paso firme que había supuesto en un principio, hacía la cabina. Si no había nadie entraría antes de la hora; en apenas dos minutos todo estaría hecho y descansaría de una vida, que ahora mismo no me parecía tan mala como ayer. Entré en la máquina y ocupé mi lugar en el asiento habilitado para ello. Introduje mi tarjeta ciudadana en la ranura y me dispuse a esperar que se iniciara la operación. Nada ocurrió. Comencé a sudar incluso más que antes. Saqué y volví a introducir la tarjeta, pero la respuesta fue la misma: absolutamente nada. Con cierto temblor recogí mi tarjeta y salí de la cabina sin tener muy claro qué hacer o a quién preguntar. Di una vuelta alrededor de la enorme máquina y entonces lo vi: en el costado derecho un enorme cartel, con el emblema de Metroplex rezaba “Cabina fuera de servicio, vuelva usted mañana”. Me alegré.

 

Un comentario en “Fecha de caducidad

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